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Belén Ordóñez

Hermana de Carmina Ordóñez

 

 

 

Ana Belén Ordóñez González nació en Madrid el 29 de junio de 1956 en el seno de una familia de raigambre torera. Fue la segunda hija del gran matador de toros Antonio Ordóñez y de Carmen González Lucas, hermana de Luis Miguel Dominguín. Trece meses antes había nacido su única hermana, Carmina Ordóñez, que con el tiempo llegaría a ser una de las "reinas de corazones" de la prensa rosa. Sus primeros años transcurrieron entre la capital y la finca Valcargado en Medina Sidonia (Cádiz), donde disfrutaron de una feliz infancia, con más mimos que rigor. Allí, era habitual que sus padres recibieran las visitas de personajes del cine y la literatura como Anthony Quinn, Ernest Hemingway u Orson Welles. Belén y "mi Carmen", como a ella le gustaba llamar a su hermana, estudiaron en el selecto Liceo Francés de Madrid, con amigas como Charo Vega -hija de Gitanillo de Triana- o Lolita Flores. Ambas crecieron muy unidas y sin sombra de celos. "Mi padre solía decirme que Carmen era guapa y yo, atractiva", aseguraba Belén, aunque era consciente que la belleza de su hermana acaparaba las miradas de los chicos en las fiestas, "y si se me acercaba alguno era para decirme que se la presentara", le confesó sin rencor a Pilar Eyre. Tan unidas estaban que incluso se enamoraron, por primera vez, del mismo chico: Manolito Lapique.

 

Casada con el nieto de Juan Belmonte

 

Un día, en su casa, Belén se fijó en Juan Carlos Beca, nieto del legendario Juan Belmonte y apoderado de Francisco Rivera, "Paquirri", y le dijo a su madre que se casaría con él. Efectivamente, en 1975, dos años después de la boda de Carmina con Paquirri, Belén, con 18 años, se convirtió en esposa de Beca, pero el matrimonio duró poco. "Carmen llevaba siete años casada, y yo cuatro, cuando nos dimos cuenta de que nunca habíamos vivido independientes. O con nuestros padres o con nuestros maridos. Queríamos salir más, reírnos más, no tener que dar explicaciones a nadie", explicaba Belén en "Recuerdos", su autobiografía. Las dos se separaron en 1979, con apenas tres meses de diferencia. Carmina tenía dos hijos -Francisco y Cayetano-, mientras que Belén no había sido madre.

 

Independizadas de las ataduras del matrimonio, se convirtieron en parte esencial de la vida de Marbella, encadenando una juerga tras otra, y en habituales de la romería del Rocío, donde el fervor religioso camina de la mano de la jarana. Tan sólo frenó un poco su desmelene la terrible noticia de que su madre estaba enferma de cáncer. El año 1982 le trajo un hombre decisivo en su vida, Francisco, "Curro", Ruiz Wagner, el gran amor de su vida. "Cuando le vi me quedé anonadada. Era guapísimo, muy alto y muy rubio, con cara de ángel", escribiría años después recordando el flechazo. Semanas más tarde, el 29 de agosto, recibió una dolorosísima estocada: la muerte de su madre. "Sin ella, estábamos todos a la deriva. Era el imán que nos aglutinaba. Perdimos la brújula que guiaba y orientaba nuestras vidas", decía. Por suerte, tenía a Curro a su lado, con el que el 15 de julio de 1983 fue madre de su única hija, Belén.

 

Pero debía estar escrito que la vida de Belén no sería fácil y la fatalidad volvió a cebarse en ella: mientras su hermana se casaba con el cantante Julián Contreras en Miami, ella tenía que afrontar que Curro tenía un linfoma de Hodking en un estadio tan avanzado que acabó con su vida el 5 de mayo de 1984, sin llegar a casarse. Apenas cuatro meses después, Paquirri moría en Pozoblanco y empezaba la guerra entre los Rivera, los Pantoja y los Ordóñez. A esa disputa se añadió la que las dos hermanas mantenían con Pilar Lezcano, segunda mujer de su padre. "Había buena relación entre las hijas y yo al principio", ha explicado Pilar, "pero las cosas cambiaron cuando vieron que iba en serio, aunque hasta cierto punto porque, cuando llegaba mayo, me dejaban las dos a sus hijos hasta septiembre. En el fondo, creo que eran celos".

 

Por aquel entonces, Belén creyó reencontrar el amor en la persona de José Luis Cobo Terán, un novillero ecuatoriano con el que se casó en Quito a finales de 1986. La unión duró apenas tres meses, porque Belén, que aseguró haber sido víctima de malos tratos, volvió a Madrid con su hija, instalándose en la casa que su hermana tenía en la urbanización de La Moraleja.

 

Tres años después, Carmina se fue con su marido y su hijo Julián a Marrakech, con la intención de sobrellevar el disgusto que le había dado su hijo Fran debutando como torero en 1991, y Belén se fue con ellos. Pero el segundo matrimonio de "la divina" empezó a hacer aguas, y en 1994 la pareja se divorció. Belén volvió a ser su apoyo y juntas pasaban agradables veladas en Sevilla, veraneaban en Marbella y volvían a la feria de Abril y al Rocío, "donde Carmen conoció a su peor y más despiadado enemigo, Ernesto Neyra". Se casaron en 1997 y Carmina, como Belén, recibió también malos tratos, según ella misma reveló.

 

La recortada herencia del maestro Ordóñez

 

La familia se tiñó de luto en diciembre de 1998 con la muerte, también por cáncer, de Antonio Ordóñez, fallecido pocos días después de que Fran se hubiera casado con Eugenia Martínez de Irujo. Pero el dolor por la muerte del padre se convirtió en decepción cuando se abrió el testamento. Conocedor de la facilidad de sus hijas para malgastar su patrimonio -habían dilapidado la herencia de su madre en un abrir y cerrar de ojos-, Ordóñez dispuso que Carmen y Belén recibieran sólo la legítima, es decir, una tercera parte de su fortuna. A la mayor le correspondieron 120 millones de las antiguas pesetas y, a la pequeña, un piso junto a la Maestranza y un local. Esto enfrentó a las hermanas, porque Carmina creía que el valor del inmueble era mayor a lo que ella había recibido. El grueso de la herencia fue para los nietos del torero y su viuda, a la que las Ordóñez no volvieron a dirigir la palabra.

 

La pérdida del padre sumió a Belén en una profunda tristeza de la que intentaba salir mediante el alcohol y la cocaína, una adicción que confesaría ella misma en un plató de televisión, y que la llevó a tener que pasar varias veces por una clínica de desintoxicación en los siguientes años. Pero no sólo las drogas le daban problemas. En enero de 1999, Belén viajó a Houston para tratarse un cáncer linfático del que, afortunadamente, se recuperó con la ayuda, incondicional, de su familia.

 

 

 

Nuevo y terrible golpe: la muerte de su hermana

Mientras la relación con su hija pasaba por altibajos, Belén inició un romance con el bailarín Fernando Solano, que tampoco duró mucho, decepción a la que se añadió, en el 2002, una nueva pérdida: la muerte de Elena Linaza, la tata que había cuidado de las dos hermanas desde niñas. En medio de su tristeza, Belén estaba preocupada porque su adorada hermana había entrado en una espiral sin fondo de adicciones y venta de exclusivas sobre sus desdichas. Una dinámica que acabó en tragedia: el 23 de julio del 2004 encontraron el cuerpo sin vida de Carmen, de 49 años, en la bañera de su casa.

 

Tras la muerte de su hermana, Belén se hundió en una profunda depresión, que hizo mella en su ya delicada salud, dañada por un segundo cáncer de útero y ovarios. "Me falta mi mitad. Carmen era mi mitad y yo la mitad suya. A veces deseo irme con ella, pero sé que debo ser fuerte", admitía en su libro de memorias. "Discutíamos muchas veces, pero no podíamos vivir la una sin la otra. Ni contigo ni sin ti, pero éramos distintas", aseguraba. Sus sobrinos, que la llamaban "Titi", se convirtieron en sus "hijos" y estuvieron pendientes de Belén, que se derrumbaba por momentos. Especial soporte le dio Fran, cuando en marzo del 2009, se difundió el rumor de que había tocado fondo, las deudas se le acumulaban y vivía de la caridad de los amigos. "Estoy cansada y harta de todos estos comentarios. Ni estoy en la indigencia, ni arruinada, ni maltrecha", le confesó a Beatriz Cortázar. Afectada por un enfisema pulmonar, su fragilidad pareció extremarse: más delgada, más triste, más desanimada. "He perdido a siete seres muy queridos en los últimos años y, sin embargo, yo era la primera que estaba en la lista", declaró esta mujer que ha estado muchas veces al borde de la muerte. Aunque conectada a una bombona de oxígeno, seguía fumando a escondidas y el agravamiento de su depresión la llevó a ser ingresada a una unidad psiquiátrica en febrero del 2012. Desahuciada en abril, salió adelante, pero menos suerte tuvo la madrugada del 3 de agosto, cuando, al poco de cumplirse los ocho años de la muerte de su hermana, cerró los ojos para siempre esta buena y frágil mujer que vivió a la sombra de su mediática hermana y bajo el peso de su apellido. Tenía 56 años.

 
 
 

 

 

 

 

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