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Sabino Fernández Campo

Ex secretario y ex jefe de la Casa del Rey

 

 

 

Sabino Fernández Campo nació el 17 de marzo de 1918 en Oviedo (Asturias). Hijo único de un próspero comerciante asturiano, tuvo una infancia apacible y llena de facilidades. Acabado el bachillerato ingresó en la Universidad de Oviedo para cursar Derecho, pero sus estudios se vieron interrumpidos por el estallido de la Guerra Civil, que pasó en el bando nacional tras haberse incorporado voluntario a las milicias de la Falange. Aunque le atraía la diplomacia, acabada la contienda eligió la carrera militar e ingresó en el Cuerpo de Intervención del Ejército, al mismo tiempo que se licenciaba en Derecho y se diplomaba en Economía de guerra. Militar de despacho, fue profesor y jefe de estudios de la Academia de Intervención Militar e interventor de la Casa Militar del general Francisco Franco. Destacó en la supervisión de las industrias de guerra y en la secretaría del Ministerio del Ejército, donde trabó amistad con Alfonso Armada. Casado con Elena Fernández-Vega, el matrimonio tuvo 10 hijos: Elena, Margarita, Cristina, Isabel, Eugenia, María José, Álvaro, Sabino, Luis y Miguel.

 

Armada le recomendó como secretario del Rey

 

La falta de estímulos en su carrera militar y su ruptura matrimonial en 1974 -que llevó con enorme discreción dadas sus creencias religiosas- lo empujaron, tras la muerte de Franco, a dar el paso a la vida política. Fue precisamente el general Armada quien lo recomendó a Alfonso Osorio para el puesto de subsecretario de la Presidencia en el primer gobierno de la monarquía, y subsecretario del Ministerio de Información y Turismo en el siguiente gobierno que formó Adolfo Suárez. Armada fue también quien le recomendó para sustituirle como secretario de la Casa del Rey cuando Suárez consiguió que Juan Carlos cesara al general por su manifiesta oposición a la reforma política. Al parecer, también Nicolás Cotoner, marqués de Mondéjar, primer jefe de la Casa del Rey, había sido favorable al nombramiento de Sabino para ser el hombre que durante 16 años iba a ocupar el puesto de hombre de confianza del monarca, su principal consejero y organizador de la agenda de los Reyes. Meticuloso y muy trabajador, durante sus años como secretario general era siempre el primero que llegaba a la oficina y el último que se iba, en unas maratonianas jornadas de trabajo en las que controlaba hasta el último detalle de la vida oficial y familiar de los Monarcas. Cada noche, al llegar al apartamento en el que vivía en el edificio Colón de Madrid, dedicaba un rato a anotar en su diario todo lo que había sucedido durante el día. Nunca permitió que nadie leyera las muchas libretas que rellenó y tampoco sirvieron como apuntes para la publicación de un libro de memorias que le hubiera reportado ganancias millonarias. "Ha habido editoriales que me han dicho que pusiera yo la cantidad en el talón", había explicado Fernández Campo, cuya lealtad al servicio de la Corona nunca encontró precio. "Lo que tiene interés no puede contarse y lo que puede contarse no tiene interés", solía decir este hombre tremendamente conservador en sus ideas, de una despierta inteligencia, irónico, cultivado, algo vanidoso y muy socarrón.

 

 

 

 

Un "puente" entre la Zarzuela y la Moncloa

Cuando Sabino entró en la Zarzuela como secretario de la Casa del Rey en octubre de 1977 se acababa de aprobar la amnistía que liberaba a los últimos presos políticos de la dictadura, se habían firmado los Pactos de la Moncloa, la Constitución estaba en marcha y el PCE llevaba seis meses legalizado. En ese contexto, Fernández Campo se convirtió en la sombra de un jefe de Estado cuyas tareas todavía no estaban definidas. La perfecta sintonía que consiguió con Adolfo Suárez -su amistad llegó a tal punto que él supo que el presidente iba a dimitir antes que el Rey- le permitió desempeñar a la perfección el papel de "puente" entre la Zarzuela y la Moncloa en los difíciles años de la Transición. Sabino era militar y defensor a ultranza de la unidad de la patria, pero, a diferencia de muchos de sus compañeros de armas, creía en la supremacía de la Constitución. Por eso, en el intento de golpe de estado del 23-F, Fernández Campo y Alfonso Armada -pese a su amistad- estuvieron en bandos completamente diferentes. Aquella noche, Sabino formuló una frase que ha pasado a la historia: "Ni está, ni se le espera". Ésta fue la lacónica pero inequívoca respuesta que le dio al general José Juste, jefe de la División Acorazada Brunete, cuando por teléfono éste le preguntó si el general Armada ya había llegado a la Zarzuela. Según el historiador Andreu Mayayo, el secretario no fue consciente al principio de la trascendencia de su respuesta, pero, cuando colgó, tuvo una corazonada y se fue al despacho del Rey para impedir que el Monarca, que tenía al aparato a Armada, le diera permiso para que el general  golpista se trasladara hasta la Zarzuela para informarse de la situación. Alertado de que de esa forma intentaban relacionar a la Corona con la sublevación, don Juan Carlos ordenó a Armada que se quedara en su puesto y siguió el consejo de Sabino de grabar el mensaje del Rey que se emitió por televisión. Superado aquel momento decisivo para la democracia, Fernández Campo tuvo un papel importante en la educación de don Felipe.

 

En 1990, tras la jubilación del sempiterno marqués de Mondéjar, Sabino se convirtió en jefe de la Casa de Su Majestad y, dos años más tarde, el Rey le nombró conde de Latores, con Grandeza de España. Pese a ello, el cese estaba cerca. El 8 de enero de 1993, poco antes de cumplir 75 años, durante un almuerzo don Juan Carlos le dijo a la Reina: "Sofía, sabes que Sabino nos deja", Fernández Campo, que se quedó lívido, fue consciente de que el Rey había puesto punto final a su servicio. "Por una puerta salí yo y por la otra entró Mario Conde", había dicho explicando que el cese obedeció a las presiones del ex financiero, que entonces era muy amigo del monarca y quería colocar en el cargo a su amigo, Fernando de Almansa, vizconde y diplomático. Parece ser que también influyó el hecho de que don Juan Carlos, con una imagen ya consolidada tanto en España como en el extranjero, quería dejar de tener un "tutor" como Sabino. Hombre correcto, pero sin pelos en la lengua, Fernández había prevenido directamente al Soberano contra su amistad con Conde y había disentido de cuestiones como la entrevista del Rey a Selina Scott o el libro de Vilallonga. Paralelamente a su cese, Sabino fue nombrado consejero privado vitalicio del monarca aunque, como él explicó, jamás nadie le pidió asesoramiento alguno.

 

Segunda boda y cuatro hijos fallecidos

En 1994, un año después de que le concedieran el grado de teniente general, falleció Sabino, el primero de los cuatro hijos que han muerto antes que él. Católico practicante, no se casó en segundas nupcias con la periodista María Teresa Álvarez, a la que conocía desde hacía años, hasta haber enviudado, en 1993, de su primera esposa. En los últimos años recibió toda suerte de homenajes, condecoraciones y honores, y se le veía frecuentemente en convocatorias de la vida política, cultural y social. Liberado del corsé de su antiguo cargo, dejó ver su lado más conservador, pero sin perder el respeto: no le gustó la separación de doña Elena ni la promoción profesional de los Duques de Palma en Washington.

 

Fernández Campo falleció en Madrid el 26 de octubre de 2009, dos semanas después de haber sido operado de una oclusión intestinal. Acababa a los 91 años la vida de quien el Monarca había definido como "queridísimo, leal, fiel colaborador, amigo o jefe".

 
 
 

 

 

 

 

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