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Viriato

Héroe lusitano y terror de los romanos

 

 

 

Viriato fue el tercer hijo de Cominio, jefe de una tribu de lusitanos, uno de los pueblos que existía en la península Ibérica antes de la conquista romana. Su fecha de nacimiento se sitúa entre el 190 y el 170 antes de Cristo y la mayoría de historiadores creen que vino al mundo en algún lugar situado entre los ríos Duero y Tajo, aunque ha habido autores que apuntan que podría haber sido originario de lo que hoy es Valencia o Aragón.

 

Su padre murió en un combate cuando él tenía 5 años y, poco después, subió a la montañas donde pasó años haciendo de pastor. A los 16, era un hombre de una enorme resistencia física  que se había curtido soportando largos días de frío y viento. Además de rápido y ágil, tenía mucha fuerza, que había desarrollado luchando y matando animales salvajes. Comía poco y apenas necesitaba dormir.

 

Los igeditanos le enseñaron a luchar

 

Tras una etapa como bandolero, entró en contacto con los igeditanos -habitantes de la actual localidad cacereña de Alcántara-, cuyos guerreros le adiestraron en el arte de la guerra. Su nombre empezó a destacar tras los trágicos sucesos del 150 a.C.: las fuerzas del pretor de la Hispania Ulterior (provincia romana que se extendía por el sur y el levante de la península), Servio Sulpicio Galba, se impusieron a los lusitanos, quienes se rindieron firmando un tratado con los vencedores. Galba les prometió algunas tierras y acudieron casi 30.000 hombres interesados, a los que el pretor encerró en tres campamentos diferentes y ordenó asesinar. Murieron unos 9.000 y otros 20.000 fueron capturados para ser vendidos como esclavos en la Galia. Solo consiguieron escapar un millar y Viriato fue uno de ellos. Su rapidez y su excelente conocimiento del terreno, adquirido durante sus años como pastor, le permitieron huir y refugiarse con otros lusitanos en las montañas.

 

Un gran estratega

 

Elegido caudillo por su fuerte personalidad y su capacidad como estratega, pasó tres años preparando un pequeño ejército. Sus seguidores -a los que entrenó intensamente con ejercicios corporales, juegos con armas, cacerías y expediciones- no eran sólo lusitanos, sino también guerreros de otras tribus y etnias escapados de la crueldad de Galba. La primera muestra de las dotes de Viriato como líder se pusieron de manifiesto el año 147 a.C. Unos 10.000 lusitanos, entre los que se encontraban él y sus hombres, participaron en una incursión que pretendía recuperar parte de la Turdetania (en el valle del río Guadalquivir), pero fueron derrotados por las tropas del pretor romano, Cayo Vetilio. Al igual que había hecho Galba, este les prometió tierras si aceptaban someterse a Roma. El pacto estaba a punto de formalizarse cuando Viriato les recordó a los suyos la tragedia anterior y les prometió que saldrían adelante si le obedecían. Sus palabras surtieron efecto y fue elegido jefe de todos los lusitanos. Una de sus primeras órdenes fue que los hombres se dispersaran por grupos y lugares diferentes para dificultar que Cayo Vetilio les persiguiera. Esta estrategia proporcionó a Viriato el tiempo necesario para reorganizar las tropas y preparar una emboscada en un desfiladero de la serranía de Ronda. Más de 4.000 romanos, entre ellos el propio Vetilio, perdieron la vida a manos de los lusitanos. Aquella victoria dio moral a los hombres de Viriato, que protagonizaron diversas incursiones exitosas en la Bética (Andalucía y parte de Extremadura), con tácticas que fueron precursoras de la "guerra de guerrillas". De hecho, el objetivo del jefe lusitano cambiaba según las circunstancias. En ocasiones, buscaba cansar al adversario, mientras que otras veces su finalidad era eliminarlo a través de una emboscada sorpresa o una aparente huida. Casi nunca dirigió batallas con el ejército en formación y causa de ello fueron tanto la escasez de hombres como las armas que usaban: solo poseían lanzas con punta en forma de gancho y se protegían con un pequeño escudo, además de vestir una coraza de lino.

 

 

 

Una parte del botín igual que la de sus hombres

Los ataques de Viriato no perseguían la conquista del territorio, sino un saqueo sistemático de las poblaciones, aunque llegó a ocupar ciudades y fortalezas como el Tucci (Martos) o el Mons Veneris (cerca de Talavera). El jefe lusitano despertaba gran admiración entre sus hombres porque del botín tomaba solo una parte, igual a la del resto. Además, distinguía con regalos a aquellos que habían sobresalido en la lucha. Supo encontrar el punto medio entre la autoridad ante sus compatriotas y la igualdad con ellos. Nunca hizo ostentación de su poder y siguió llevando su indumentaria de pastor.

 

Durante los siete años posteriores a la victoria ante Vetilio, Viriato y los suyos se convirtieron en el terror de Roma. Sus victorias se repitieron en toda la Hispania Ulterior y su fama se extendió por la península. Tras vencer al nuevo pretor romano, C. Plaucio, que comandaba un ejército de 10.000 hombres, Viriato hizo incursiones en el valle del Ebro y conquistó la ciudad de Segóbriga (cerca de Cuenca).

 

A partir del 145 a.C., Roma luchó con todas sus fuerzas contra los lusitanos y envió a un cónsul, Fabio Máximo Emiliano, aumentando el número de soldados en Hispania, pero no consiguieron ninguna victoria en el primer año y se tuvieron que recluir en la fortificada plaza de Urso (Osuna). Viriato y sus hombres intentaron debilitarlos, atacando a las caravanas que les aprovisionaban.

 

Se casó con Tongina, hija de un rico propietario

En el 144 a.C., Emiliano ganó algunas batallas que obligaron a los lusitanos a abandonar parte del valle del Guadalquivir, pero, en los dos años siguientes, los romanos volvieron a ser derrotados por Viriato, con el apoyo de parte de las tribus celtíberas. En un nuevo intento por acabar con la resistencia., Roma envió a Hispania a un nuevo cónsul, Quinto Fabio Máximo Emiliano, hermano del anterior. Al mando de 18.000 hombres, este consiguió arrebatarle algunas tierras al caudillo lusitano en el año 141 a.C. Ese mismo año, Viriato contrajo matrimonio con Tongina (Tangina, para algunos historiadores), la hija de Astolpas, un rico propietario. Aunque la pareja llevaba años enamorada, el guerrero no contaba con la aprobación de su suegro, que aplazó el enlace todo lo que pudo. Las relaciones entre ambos hombres nunca fueron buenas. El día del enlace, Viriato despreció el boato con que Astolpas había preparado la boda y, tras coger unos trozos de pan y carne, huyó con la novia a las montañas.

 

En el 140 a.C., el jefe lusitano encabezó una ofensiva contra los romanos y recuperó parte de los territorios perdidos. El cónsul le ofreció firmar un tratado de paz que, sorprendentemente, Viriato aceptó, aunque con condiciones. Algunos historiadores creen que, cansado de tantas guerras, decidió ponerles fin con un ventajoso trato que eximía a su pueblo de pagar tributos a Roma. Otras teorías defienden que Viriato aspiraba a convertirse en el rey de una Lusitania independiente, mientras que otros estudiosos lo han justificado por los problemas familiares, ya que su suegro y los amigos de este tenían buena relación con los romanos. Pero la paz no fue duradera. En el año 139 a.C., Quinto Servilio Cepión fue nombrado procónsul de la Hispania Ulterior y, al considerar vergonzoso el tratado, pidió permiso al Senado para emprender nuevos ataques contra los lusitanos. Después de algunas derrotas, los hombres de Viriato le pidieron que negociara un nuevo acuerdo de paz y el caudillo accedió. Una de las condiciones impuestas por los romanos era que se entregara a los rebeldes más distinguidos. Para evitar que fuesen torturados con crueldad, Viriato mató a parte de sus hombres, entre ellos, a su suegro. Cuando le pidieron que entregara las armas, se negó y huyó a las montañas.

 

Grandes exequias para honrar su muerte

 

Presionado por sus compañeros, volvió a negociar con Cepión. Cuando él no acudía a los encuentros, lo hacían tres de sus hombres: Audax, Ditalco y Minuro. El procónsul logró convencer a estos para que, a cambio de dinero, traicionaran a su jefe, al que mataron apuñalándole en el cuello mientras dormía plácidamente en su tienda.

 

La muerte de Viriato fue muy sentida entre los lusitanos, que le prepararon unas exequias como nunca antes se habían visto. Su cadáver fue colocado en una pira gigantesca y se ofrecieron a los dioses muchos sacrificios. Todo su ejército estuvo presente y entonó cánticos de alabanza. Cuando el fuego se apagó, más de 200 parejas simularon combates en su honor.

 

La figura de este jefe lusitano ha sido fuente de inspiración para pintores, escultores y novelistas. José Madrazo es el autor de "La muerte de Viriato", que está en el Prado. La serie "Hispania" emitida en Antena 3, ha rescatado la historia de este pastor que se convirtió posteriormente en un héroe tanto para españoles como para portugueses.

 
 
 

 

 

 

 

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